El enfoque por la seguridad humana

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Eugenio Prieto 150531-01

Diferentes ejercicios de percepción ciudadana identifican la seguridad como una de las mayores preocupaciones de los habitantes de nuestra ciudad. Medellín no está sola en esta batalla, el Informe regional de desarrollo humano 2013-2014 “Seguridad ciudadana con rostro humano: diagnóstico y propuestas para América Latina”, elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo -Pnud-, identifica la seguridad ciudadana como un reto mayor para los países latinoamericanos. Según el informe, mientras que la tasa de homicidio en la mayoría de las regiones del mundo fue negativa, en América Latina presentó un aumento del 12%: en una década han muerto más de un millón de personas en Latinoamérica y el Caribe por causa de la violencia criminal.

El informe reconoce que las amenazas a la seguridad ciudadana no se presentan en el vacío sino en complejos contextos de vulnerabilidad social, económica e institucional que hacen necesaria una intervención integral en los escenarios de alta violencia. Coherentes con la complejidad del problema de la seguridad, el estudio reconoce la ineficacia de aplicar exclusivamente políticas represivas y de mano dura para disminuir sosteniblemente los niveles de violencia, resaltando varios ejemplos latinoamericanos que muestran un impacto negativo de estas políticas represivas en la convivencia democrática y los derechos humanos, dando lugar, paradójicamente, a formas de criminalidad más organizadas  y violentas.

Esta posición de las Naciones Unidas respalda nuestra visión sobre la seguridad ciudadana. Formular exclusivamente políticas represivas como solución de seguridad desatiende las causas estructurales de las violencias, limitando las políticas y las acciones únicamente a las consecuencias, es decir, a la criminalidad, sobre la cual nos referiremos en este espacio, en un segundo momento.

La persistencia y prevalencia de las violencias en la sociedad colombiana evidencian la necesidad de migrar hacia un enfoque de seguridad humana como un asunto integral que nos permita reconstruir y recuperar el tejido social destruido por el conflicto. Las causas de la criminalidad que vivimos hoy inician en hogares destruidos por el maltrato, las violencias, el abandono, el desafecto y la desprotección de niñas, niños y adolescentes que crecen en medio de las heridas de la guerra y que deben sortear la violencia simbólica de un entorno excluyente. Estos niños, niñas y adolescentes, más tarde jóvenes, se encuentran con un sistema económico y social, que no ha sido lo suficientemente generoso en brindarles oportunidades efectivas de progreso y les corta la esperanza de construir un proyecto de vida por fuera de la marginalidad.

Como consecuencia silenciosa de esta erosión emocional, nuestros niños, niñas y jóvenes encuentran en los combos, banda y grupos criminales, el afecto, el reconocimiento, la seguridad, la pertenencia y la promesa de movilidad social que no les ofrecen instituciones sociales como la familia y formales como la educación y el Estado. Esta conclusión, fruto de un estudio presentado a la ciudad esta semana por la Alcaldía de Medellín y la Universidad de Antioquia, debe preocuparnos a todos como sociedad.

Nuestra región también se ha caracterizado por la asociatividad como condición general, evidenciada en la capacidad para emprender grandes causas colectivas y sociales, por nuestro tejido de organizaciones, sociales, culturales y gremiales. Sin embargo, también es evidente que esa condición de asociatividad se ha expresado en el surgimiento y persistencia de grupos delincuenciales y criminales, a los cuales debemos enfrentar con acciones innovadoras desde la autoridad del control territorial, reconociendo además que estos fenómenos tienen escala metropolitana y regional, e incluso nacional e internacional.

Por tanto, es este uno de nuestros mayores retos, la reconstrucción de nuestro tejido social bajo una mirada integral, con una institucionalidad fortalecida y una ciudadanía responsable enfocadas en la construcción de un nuevo ser humano, en buscar los valores que nos permitan abandonar las costumbres y creencias que han servido como terreno fértil para el crecimiento de las violencias: la cultura de la ilegalidad, la sustitución de la justicia, la ventaja sobre el otro, el atajo, la intolerancia y el desprecio por lo que es distinto o diferente.

El escenario futuro del posconflicto y los acumulados de nuestra sociedad para superar las violencias, requieren en nuestra ciudad del enfoque de la seguridad humana, que demanda la articulación del buen gobierno y de la ciudadanía participante corresponsable con un proyecto político, cívico, ciudadano, que interviene integralmente desde la convivencia y las oportunidades, las causas y consecuencias de las violencias, un territorio capaz de integrar las voluntades, a pesar de las diferencias, desde el dialogo y los acuerdos en torno a objetivos comunes: un territorio con oportunidades para tod@s, noviolento, incluyente, productivo, equitativo, justo, tolerante, diverso, multicutural, libre, solidario, en paz.

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