Medellín debe innovar con el poder de la gente

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Artículo-de-opinión

Múltiples son las reflexiones que nos deja el resultado del Índice de Prosperidad Urbana elaborado por ONU-Habitat, que proporciona una medición multidimensional de la situación de las principales ciudades de Colombia. Entre ellas, en Medellín debe animarnos a mantener la ruta el obtener los mejores resultados en productividad, infraestructura y calidad de vida -terceros, primeros y primeros, respectivamente-; pero debe preocuparnos no ser los mejores en sostenibilidad ambiental -duodécimo lugar, tema al que nos referiremos en próximo artículo-, ni ser los mejores en equidad e inclusión social -décimo lugar-, por debajo de ciudades como Bucaramanga, Ibagué, Manizales, Tunja, Villavicencio y Valledupar.

No podemos desconocer que Medellín vive hoy un buen momento gracias a la capacidad que ha tenido para superar las más crueles circunstancias de su historia reciente. Las inversiones responsables de los últimos gobiernos han permitido que la ciudad alcance niveles de habitabilidad asociados a la mejora en la infraestructura, la prestación eficiente de los servicios públicos, el aumento de la cobertura en educación y otras condiciones que impactan positivamente la calidad de vida. Pero estos importantes resultados contrastan con algunos indicadores de este Índice de Prosperidad Urbana elaborado por ONU-Habitat, que debemos revisar a la luz de los retos y desafíos que en tal sentido, tenemos en nuestra ciudad en el mediano y largo plazo.

Retos y desafíos que no son menores y suponen una verdadera innovación que permita abandonar totalmente la tradicional separación que ha existido entre Estado y sociedad en el gobierno de las ciudades, de las regiones, del país. Es necesario, que por el accionar de buenos gobiernos se abran los espacios a una sociedad que participa de la construcción de su realidad, con la fuerza necesaria para solucionar de manera sostenible los problemas de su territorio. El poder de la gente, que desde los acumulados del territorio, el diálogo social y la participación deliberativa, consolida el propósito colectivo y visionario de ciudad.

Debemos comenzar por reconocer que el capital más valioso de Medellín no es el económico, sino su capital social, su gente. El poder de la gente, que impulsa de la mano de sus instituciones la transformación social del territorio, será la mayor capacidad de innovación de Medellín. Pocas ciudades como la nuestra cuentan con un conjunto tan importante de organizaciones políticas, sociales, culturales, ciudadanas; en número, en diversidad, en capacidades e incidencia sobre la comunidad y las políticas públicas. Organizaciones que se caracterizan por la capacidad que han desarrollado de trabajar desde el diálogo de manera articulada con otros sectores de la sociedad y el gobierno en asuntos de interés y significado público.

Su más importante desarrollo proviene precisamente de los primeros años de la década de los noventa en respuesta a los momentos de las mayores violencias vividas en la ciudad. Desde entonces los escenarios de inclusión y participación plural, dieron origen a importantes propuestas e instrumentos de planeación y acción, cuyo valor fundamental reside en que los acuerdos quedaron incorporados en el alma de territorios, sectores y ciudadanía. Debemos avanzar, evolucionar desde la profundización del diálogo y los acuerdos ciudadanos.

El Índice de Prosperidad Urbana elaborado por ONU-Habitat, nos muestra que uno de nuestros mayores retos debe ser fortalecer las capacidades en el territorio para que nuestros habitantes tengan oportunidades y acceso a fuentes sostenibles de ingresos que permitan la consolidación de una ciudad incluyente y equitativa. Debemos avanzar en Medellín en equidad e inclusión social, sin perder la ruta de ser los mejores en productividad, infraestructura y calidad de vida, con una decidida articulación entre intereses y significados de la ciudadanía y del Gobierno, a través del fortalecimiento de los procesos participativos y del diálogo social.

El salto a la participación deliberativa y constructiva de la sociedad sólo es posible con el fortalecimiento de lo público y de la gobernabilidad sobre el territorio. Un buen Gobierno, abierto, incluyente, participativo, transparente y eficaz, debe tener la capacidad de escuchar la voz de quienes habitan los territorios y de valorar su capacidad organizativa, de planificación, de participación, de gestión y de control social, para construir verdaderos acuerdos ciudadanos que los involucren en el ejercicio del gobierno mismo y en la construcción-transformación de su ciudad, de su comuna, de su barrio.

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