La redención del Sinifaná

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Nadie puede sentir en carne propia el dolor de otro ser humano cuando pierde un ser querido, mucho menos descifrar lo que significa una chispa de ilusión por recuperar con vida ese ser en la desventura. Nuestra solidaridad con la sociedad amagacita y suroestana, con los familiares y amigos de los 79 mineros que se encontraban en el socavón durante la tragedia ocurrida el pasado miércoles en la mina San Fernando, que nos hace recordar con igual consternación, lo sucedido en Amagá, aquel 14 de julio de 1977, cuando una explosión provocó la muerte de 86 mineros.
En materia de responsabilidades, ya se anuncian las investigaciones de rigor. En este sentido nos unimos al calificado concepto del Editorial de esta casa periodística del pasado viernes y a su anhelo: “Por lo pronto, todo el empeño y la capacidad de las autoridades y los organismos de socorro debe concentrarse en el rescate de los mineros atrapados y en la atención de las familias afectadas por tan lamentable tragedia”.
Como clamor y homenaje solidario, publico nuevamente las notas que escribiera para esta columna hace casi 10 años, el domingo 19 de noviembre de 2000. Aunque no lograremos resucitar a los que fallecieron y no obstante algunos datos y cifras deberán actualizarse, quiero rescatar la esencia del planteamiento: extraer con mayor capacidad técnica e industrial la riqueza de esta zona, cuya explotación artesanal es superior al 80%, disminuir los riesgos y peligros en el largo plazo y saldar la deuda social que tenemos con los habitantes de la Cuenca del Sinifaná.
“Aún se sienten en nuestra economía los efectos e impactos del nefasto apagón de 1992. Cálculos erróneos nos hicieron creer que sobraba capacidad de generación, que estábamos sobreinstalados, “sobredimensionados”. Las imprevisiones e ineficiencias del sector eléctrico y la escasa diversificación de fuentes de generación de energía provocaron el apagón. Se nos fueron las luces.
Los esfuerzos de ISA y EPM, a lo largo de los años, se han concentrado en la generación de energía hídrica. De la capacidad de generación efectiva en Colombia, las centrales hidroeléctricas aportan el 77%. Las térmicas, que operan con gas natural, el 16%. Las carboeléctricas, tan sólo el 7%. En contraste, en países industrializados como Alemania, Gran Bretaña y Estados Unidos, el carbón aporta el 45 ó 50% en promedio.
Es dramática la vulnerabilidad de nuestro sistema eléctrico, pues se confía a las bondades del clima la continuidad del suministro y la estabilidad del precio. El caudal de nuestros ríos y, por tanto, la capacidad generadora de los embalses viene disminuyendo progresivamente debido al efecto invernadero y a la deforestación. La inestabilidad del clima, con veranos e inviernos prolongados, es cada día mayor. El país no puede darse el lujo de depender casi exclusivamente de una variable incontrolable para garantizar el funcionamiento continuo de su aparato productivo.
El gas tampoco ha respondido como energético confiable y seguro para la generación de energía. Las reservas probadas y probables no garantizan el suficiente abastecimiento. Ante esta gravísima incertidumbre, el carbón, combustible seguro y almacenable al lado de la planta, tiene que entrar a afirmar el sistema. Las carboeléctricas pueden romper la dependencia del clima y constituirse en estabilizadores de la oferta de energía disponible, controlando los vaivenes a que está sometido el precio del kilovatio-hora que se negocia en Bolsa.
La energía generada con gas está subsidiada desde el momento de la exploración. Los montajes, gasoductos y desde luego la explotación, han recibido los favores del Estado colombiano, mientras, se desestímula el consumo de carbón, recurso abundante, cuyas reservas alcanzan para abastecer la demanda nacional durante más de tres siglos. Estudios de prefactibilidad y factibilidad promovidos por Eade y Ecocarbón y realizados por el consorcio Aene-Integral, demuestran la viabilidad económica de las carboeléctricas como la del Sinifaná.
Quizás un aspecto de mayor trascendencia, no tenido en cuenta por ISA y EPM en su ánimo de generación de excedentes económicos, es el beneficio social que representa la construcción de carboeléctricas acometidas por parte de agentes privados y del Estado, como lo sería la del Sinifaná, que asegura a esta Cuenca conformada por los municipios de Angelópolis, Amagá, Titiribí, Venecia y Fredonia, dinámica social y económica. Se brinda prosperidad, evita el desplazamiento poblacional por escasez de oportunidades y disminuye enormemente los efectos colaterales en sectores aledaños, incluyendo el Area Metropolitana y nuestra ciudad capital, Medellín.
La Carboeléctrica del Sinifaná es un proyecto de alto contenido social y viabilidad económica que ayudaría disminuir incertidumbre sobre la capacidad real de los embalses de acuerdo con la variación hidrológica y el equilibrio energético en cuanto a fuentes generadoras e impactaría a la región con tecnología a la minería; mejoramiento de la rentabilidad de las empresas; estímulo a la inversión y fortalecimiento de los fiscos municipales por aumento de las regalías; redistribución del ingreso; mejoramiento de las condiciones de vida, salud, educación, vivienda. En el dolor de la tragedia, guardamos la esperanza solidaria de que EPM invierta decididamente en esta carboeléctrica, redención social de la Cuenca del Sinifaná.

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