El Partido Liberal que Colombia merece (2)

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Colombia empieza un año de decisiones trascendentes sumida en dudas por la indecisión del presidente Uribe en materia electoral, por la organización de los partidos mayoritarios, por el transcurrir de las elecciones de Congreso, en marzo, y de Presidente, en mayo. Estas elecciones que vienen son prueba de fuego en la que el Partido Liberal debe demostrar que aún interpreta a las mayorías nacionales y que puede recuperar el entusiasmo de sus simpatizantes. Recuperar parte de los escaños perdidos en el Congreso nos obliga a atender de inmediato retos organizativos, de apertura y de modernización ideológica, sobre todo en materia de descentralización, no olvidemos que el resultado de lo nacional debe ser la sumatoria de lo territorial, la provincia cuenta, tiene capacidad propia y derecho a la autonomía.

Hemos sido defensores acérrimos de la consulta popular para la toma de las más importantes decisiones del Partido, como lo son la escogencia de candidato Presidencial, la candidaturas únicas a gobernaciones y alcaldías, las candidaturas al Congreso y los miembros de las direcciones municipales y departamentales. El origen popular da legitimidad a los elegidos y el proceso de su elección vivifica al Partido desde lo que tiene que ser el fundamento de la vida democrática: la fiesta de la ciudadanía participante.

Si buscamos la mejor salud del Partido, preferimos insistir en la consulta cerrada, que evita existan interferencias malintencionadas desde otros partidos. Reconocemos, sin embargo, que mientras se consolida una amplia base de militantes liberales es posible tener consultas con convocatoria abierta, con la esperanza de que las decisiones las tomen los simpatizantes y no los contrincantes y de que la organización electoral contribuya a la disciplina convocando todas las consultas en la misma fecha.

Si desde la consulta popular emanan los directorios municipales y departamentales, la consecuencia obvia tendría que ser la de que el Partido respete las decisiones tomadas por sus miembros. El desconocimiento sistemático de la existencia de nuevas mayorías en un Departamento como Antioquia, con tan importante caudal electoral no ofende a quienes recibimos la delegación de la ciudadanía para dirigir el partido, lo hace con los liberales que votaron con esperanza por la renovación y la vigencia de la ética.

Hemos reiterado en diferentes oportunidades que la crisis de institucionalidad que vive el país se refleja en unos partidos políticos que han cerrado sus espacios a la ciudadanía y se han quedado girando alrededor de los intereses particulares de unas pocas personas, muchas veces oscuros y corruptos, con el consecuente rechazo de la ciudadanía, desconfianza y apatía hacia las propios organizaciones políticas, sus ideas, sus estructuras, sus plataformas ideológicas y obviamente, hacia quines son o han de ser sus representantes en los órganos ejecutivos, legislativo o de control político administrativo de elección popular. De allí la alta abstención, de alrededor del 50% del potencial electoral.

Si el Partido Liberal pretende ser de nuevo un partido moderno y de avanzada, deberá comenzar por permitir y estimular procesos reales de renovación y cambio, no sólo generacional sino desde el hacer político, desde la inclusión y participación real de sus bases, para que fortalecido en su ideario y de la mano de la ciudadanía, continué en la búsqueda permanente de las transformaciones políticas, sociales, económicas y culturales que nuestros territorios y el país requieren.

Además de abrir las puertas a la participación ciudadana, respetando las decisiones de los electores, al Partido Liberal le urge demostrar su coherencia ética y su capacidad para respetar sus bases ideológicas en la socialdemocracia, sintonizándose con los problemas reales del país. Tenemos un reto histórico con la coherencia, con la búsqueda de la disminución de la pobreza, la inclusión, la equidad.

Colombia merece un Partido Liberal que no se quede anclado en el pasado de sus contradicciones pero que tampoco renuncie a sus luchas y logros históricos, que mire y construya el presente y el futuro sobre la coherencia de su plataforma ideológica pero con respeto a las demás propuestas y con la capacidad de articular con los otros, los objetivos y propósitos colectivos del desarrollo y el bienestar.

Confío que en un futuro no lejano será posible escuchar la frase que hicieron célebre los copartidarios del Siglo XX, que hacían enormes esfuerzos personales por el Partido, al punto de llegar a decir que “ser liberal es un honor que cuesta”.

Al Partido Liberal le compete encontrar rutas para realizar el cometido de la Constitución del 1991, construir un Estado Social de Derecho capaz de garantizar la vida de los ciudadanos, de generar posibilidades para que realicen sus potencialidades y de vigilar el cumplimiento estricto de la ley por todos los asociados. Ello nos obliga, entonces, a pensar en un liberalismo comprometido con la seguridad ciudadana y con la generación de ingresos y de empleo digno, y la cobertura de las oportunidades para las mayorías excluidas. ¿Lograremos asumir nuestras responsabilidades como tendríamos que hacerlo?

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