La baja inflación

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Las autoridades y los analistas económicos vienen haciendo fiestas con el índice de inflación, que continúa su tendencia decreciente hasta hacer pensar que se consolidará en alrededor del 3% al finalizar 2009, por debajo del 5.5% que era la meta. Si la cifra hubiera resultado de la eficacia de las autoridades monetarias en el afán de abaratar el costo de vida para las mayorías empobrecidas, estaríamos como para provocar envidia, pero no es así, la cifra se debe a la conjunción de múltiples variables, sobre las cuales no parecemos tener capacidad de predicción ni de reacción, entre ellas, la crisis global.

Me pregunto si sabemos ¿qué es lo que ha pasado y hacia dónde vamos? ¿Cuál ha sido la exposición de nuestra economía frente a la crisis mundial? Inicialmente se nos dijo que la crisis no afectaría a Colombia, luego que si pero que sólo un poco y posteriormente, que estábamos en una posición firme para afrontarla y que la recuperación sería relativamente rápida. ¿En quien o en que creer?

A mediados de esta década, mientras superábamos la crisis financiera en medio de un exceso de capacidad instalada, se produce una aceleración del PIB, de la demanda y el crédito, nuestra economía entra en un importante proceso de expansión, apreciación del peso, reactivación del crédito financiero, descenso de la inflación y mejora la confianza de inversionistas, empresarios y consumidores. En estas condiciones la autoridad monetaria se propuso contener el crecimiento de la demanda agregada, evitar la generación excesiva de crédito y minimizar la exposición al riesgo cambiario, no obstante los esfuerzos, no fue posible controlar el aumento de la inflación y se incumplió la meta.

El análisis retrospectivo nos permite comprender mejor la baja inflación actual, en la cual, ha influido fuertemente la crisis financiera internacional, con la menor demanda de exportaciones, menor crecimiento de las remesas y de la inversión extranjera directa, el encarecimiento del crédito externo, la revaluación del peso, las variaciones en los precios de los alimentos, la caída en los valores del transporte y, muy especialmente, la reducción del gasto y de la capacidad de consumo por parte de los colombianos. Concluido el ciclo de bonanza, después de cuatro años de crecimiento históricamente alto, la economía se desaceleró.

No alcanzamos a interpretar, las razones de la autoridad monetaria, que en su embate contra los molinos de viento que se le aparecieron como amenazantes guerreros: aterrorizada con el riesgo de que una fiebre consumista dispare los precios, insiste en mantener una de las más altas tasas de interés en el mundo, con el pretexto de contener el encarecimiento de los precios. Eso sí, que se las arreglen los empresarios en la gestión del capital para generar riqueza e impulsar su desarrollo, que es el de la sociedad.

A consecuencia de la indiferencia de las autoridades económicas, los exportadores colombianos han sufrido duras pérdidas y muchos han sucumbido bajo el peso de sus cargas financieras y la indescifrable oscilación de sus ingresos. Mientras este sector, que es generador de empleo y desarrollo, sigue poniendo los platos rotos de la crisis, el importador de bienes de consumo, que tiene menor impacto en el desarrollo, está disfrutando de una bonanza tejida en su suerte. Con la revaluación del peso, que ya ha caído a niveles inferiores a los que tenía al comenzar la década, el banco emisor alegará que ha hecho intervenciones de compra de divisas, los expertos tendrán que demostrarle que sus actuaciones han sido tardías y, por ello, ineficientes para favorecer a productores y exportadores.

Hemos entendido que el combate a la inflación adquiere sentido en tanto es uno de los medios deseables para luchar contra la pobreza. Si se facilita el acceso de las personas con menos ingresos a los bienes y servicios de primera necesidad, se estará aliviando la carga de no tener altos salarios o rentas. Pero ¿cuál es el alivio que se produce cuando las personas ni tienen ingresos ni pueden gastar?, como ocurre hoy en Colombia.

Los índices sociales del país no pueden ser más alarmantes: tasas del 14 y 15% de desempleo superan los topes más altos de las últimas décadas, la pobreza es del 64% y en sólo un año, la indigencia creció en 2,1 puntos. Al estado de extrema pobreza llegaron los que antes eran pobres y que perdieron sus ingresos en virtud de los desaciertos de la política económica. Si en un período en el que la inflación cayó a su más bajo nivel en muchas décadas, los colombianos se han empobrecido en forma tan seria, ¿qué hubiera ocurrido sin esa conjugación de factores a favor del menor costo de vida?

La crisis actual obliga a recordar la recesión que Colombia sufrió entre los años de 1982 y 1983, cuando la suma de inflación, revaluación y desempleo provocó el colapso del sistema financiero y obligó al Estado a buscar la mano tendida y un duro monitoreo del Fondo Monetario Internacional, a fin de volver a conducir la economía por sus cauces. A la autoridad monetaria en sus decisiones para mantener en el largo plazo la baja inflación y bajas tasas de interés, les cae de perlas el aforismo popular que recuerda que es mejor permanecer humildes frente a los vaivenes de la vida en lo que no caben “ni tanto honor ni tanta indignidad”.

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