El día que la historia cambió

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Las imágenes de miles de jóvenes de Berlín Oriental llegaron a la Alexanderplatz para proclamar la ruptura total con el comunismo en la memoria de la privilegiada generación que pudo atestiguar uno de los hechos más trascendentales de la historia humana, el derrumbamiento del Muro de Berlín. Los veinte años transcurridos nos permiten medir la profundidad del cambio que consolidaron esas masas atrevidas que en noviembre de 1989 se tomaron las calles para entonar un grito de libertad que retumbará por siempre en la conciencia de quienes tuvimos el privilegio de atestiguar la explosión de dignidad que se expandió por Europa del Este para despertar nuevos sueños en la humanidad: “nosotros somos el pueblo”.

Para comprender la dimensión del cambio histórico que vivió la humanidad en esa jornada es necesario traer una figura hoy oculta por la fuerza de los acontecimientos: Mijail Gorbachov, elegido primer ministro y secretario general del Partido Comunista en 1985, quien en vez de aceptar el gris destino de administrador de la Nomenklatura que le habían señalado, se arriesgó con la Perstroika y el Glasnost como estrategias de renovación del comunismo amenazado por sus vicios autoritarios, la corrupción de sus dirigentes y el sometimiento de la ciudadanía al poder omnímodo de un estado que la veía como enemiga.

El ex presidente Gorbachov no logró defender el modelo político que le concedió su principal dignidad y tampoco pudo transformar plenamente las costumbres políticas de la extraña Rusia. Para lo primero, aun busca oportunidades como secretario general del Partido Comunista ruso, para lo segundo, queda su legado como gestor de un proyecto ético-político que transformó la democracia y le dio al ciudadano el lugar protagónico y digno que merece como actor fundamental del hacer político.

En un régimen cerrado, Gorbachov abrió espacios y cambió la democracia a través del fomento de la libertad de expresión y la apertura informativa. Con el Glasnost, enseñó a ciudadanos y gobernantes que el ejercicio de la política tiene que ser, necesariamente, el del diálogo público de gobiernos que reconocen a las gentes como actores fundamentales, el de una ciudadanía que propone alternativas para guiar la acción del Estado, que vigila responsablemente las inversiones públicas, para procurar que el gasto responda a necesidades sociales y se haga con total transparencia.

La Perestroika, o reestructuración, que acompañó al Glasnost, o transparencia, le dio a la entonces Unión Soviética un nuevo lugar en el ajedrez mundial, le demostraron al mundo que el reconocer la distancia abismal entre las opiniones de los dirigentes no impone pasar por encima de acuerdos básicos de la democracia como el valor supremo de la vida, el respeto por el otro, el reconocimiento de las voces de las minorías o la aceptación plena de la fuerza de la palabra como la única legítima para cambiar la historia y sus actores.

Los ciudadanos descubrieron que en vez de simples objetos de la acción pública eran protagonistas de su destino, aprendieron a ejercer derechos, salieron a las calles y exigieron. Lo que ocurriera seis meses antes en la Plaza de Tiananmen, en la que el régimen comunista chino silenció con tanques y balas las esperanzas de los ciudadanos, revela la dimensión de lo sucedido aquel 9 de noviembre de 1989, cuando el mundo presenció estupefacto, en vivo y en directo, el derrumbamiento del Muro de 156 kilómetros y dos metros de altura, que se había construido en Berlín Oeste 28 años atrás, después de la Segunda Guerra Mundial, para dividir a Alemania y al mundo en dos bloques antagónicos, capitalismo y comunismo.

Con el derrumbamiento del símbolo de la Guerra Fría y la reunificación de Alemania, sin derramamiento de sangre, sin muertes ni motivos de dolor para las sociedades, cambiaría el rumbo de la historia y surgiría un nuevo orden político mundial. Con la Solidarsnoc en Polonia, el Glasnot y la Perestroika en Rusia, el derribamiento del Muro de la Ignominia generaría un efecto dominó en varios países del antiguo bloque comunista que depusieron sus regímenes hasta propiciar el colapso de la Unión Soviética en 1991, en contraste con el fortalecimiento de la democracia y de las libertades en África, Asia y América Latina.

La manera de hacer la política que inauguraron la Perestroika, el Glasnost y el derrumbe del Muro de Berlín, hizo trizas antiguos estilos de confrontación, negación del otro, eliminación del distinto e imposición de las propias y únicas ideas a sangre y fuego, nociones que atravesaron la Guerra Fría y que hicieron del político un campo de batalla, negándole sus posibilidades de espacio para la palabra, la argumentación, el encuentro y la confirmación de las diferencias en el marco del respeto. De Mijail Gorbachov, aun vigente en la política rusa; de los ciudadanos este-europeos que rompieron las fronteras; de los gobernantes que instalaron la democracia y nuevas formas de diálogo, todavía tenemos mucho que aprender. Ellos mostraron el camino, nosotros debemos seguir sus huellas y derrumbar tantos muros invisibles de vergüenza e ignominia, que levantamos a diario en nuestros territorios, que dividen, segregan, discriminan, excluyen.

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