Madres que son modelo de fortaleza

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El 13 de marzo de 1989, una decena de mujeres antioqueñas víctimas del secuestro y la desaparición forzada de sus hijos o esposos, se reunió en el Atrio de la Iglesia de la Candelaria para compartir su tragedia humana, su soledad con los ciudadanos para los que tanto dolor era invisible o poco relevante. Frente a nuestra insensibilidad social, al silencio del Estado, con la constancia que sólo el amor de madre conoce, han mostrado a los seres que perdieron hasta incrustarlos en el corazón de los antioqueños y colombianos y se han hecho merecedoras de respeto, reconocimiento y protección especial por la sociedad. Ellas son las Madres de la Candelaria, ganadoras del Premio Nacional de Paz en 2006 y uno de los más trascendentales ejemplos de noviolencia, solidaridad y compromiso que tiene el país.

En las Madres de la Candelaria se resumen los admirables componentes del ser humano noviolento. Ellas han asumido su reclamo conscientes de que tienen derecho a ser reconocidas por una sociedad que permanecía indolente ante la sucesión de tragedias que robaban a los suyos; ellas han batallado con los ajenos que no confiaron en su capacidad para mantener una organización digna, con los violentos que rechazaron su aparición porque con ella hicieron evidente su barbarie, con los apetitos que en algún momento se atravesaron en su camino y su organización; ellas han construido sueños y esperanzas desde su desgarramiento humano como madres prematuramente solitarias. Para un país acostumbrado a permanecer impávido y casi inmóvil viendo pasar las violencias múltiples que lo atraviesan, ellas han sido campanada de alerta por el reconocimiento, la plena valoración y la dignificación de las víctimas.

Esta semana, ante los congresistas que escucharon a los participantes en el Congreso Mundial de Víctimas realizado en Bogotá -opacado por el oficial de victimarios convocado en Cartagena-, cuando doña Adela Correa de Gaviria con su inmensa ternura y solidaridad, se refirió al vacío de las madres colombianas que sufren por el azote de quienes ella en eufemismo valiente llamó “equivocados”, sentí que en su mirada al cielo, -trataba, tal vez de encontrar a su hijo Guillermo-, se expresaba el sufrimiento de todas las madres y familias colombianas que se quedaron esperando el regreso de un hijo cruelmente arrancado del hogar. La lección de doña Adela y de las Madres de La Candelaria, es sobre la reparación que el país tiene que emprender para enjugar las lágrimas, el dolor de las mujeres que habitan el mundo con un vacío que pesa en sus corazones, con la certeza de un sueño arrancado injustamente por la capacidad de crueldad de algunos miembros tolerados, o no suficientemente enfrentados, por la sociedad.

En el Día de las Madres, estas mujeres que son modelo de fortaleza, que han sufrido la crueldad de los terroristas de toda índole, sentido la indolencia de un Estado que parece haber olvidado su papel fundamental en procurar el bienestar de los asociados y vivido la indiferencia de una sociedad que no alcanza a comprender que la condición de víctima puede ser superada si quien la sufre encuentra la mano solidaria que la impulse a levantarse, son razón de ser para intentar nuevas formas de realizar el designio que nos hizo, al menos en la letra, “Estado social de derecho”.

Todas y todos debemos hacer valer ese “Estado social de Derecho” en especial el Congreso de la República, que contradictoriamente en su sordera, no pareciera escuchar los gritos de las victimas de este país, que claman por justicia y reparación. Que vergüenza nacional, que prime interés particular de unas mayorías en el Congreso, que no tuvieron dificultad en sesionar hasta las 3:00 de la madrugada para avanzar en una reforma política, que terminará favoreciéndolos a ellos mismos y no han logrado integrar el Quórum para avanzar en la discusión y aprobación del proyecto de ley de víctimas. Por el contrario, lo aprobado hasta ahora, difiere casi totalmente de la iniciativa presentada por el Partido Liberal tras consulta con las organizaciones conocedoras del tema en el mundo, de las víctimas en Colombia, de los principios de solidaridad y equidad que deberían presidir cualquier actuación pública para con los ciudadanos y ciudadanas que han sufrido en carne propia la ausencia de un Estado que no los defendió y la indolencia del que dejó de atenderlos en su situación.

Se excedieron en cicatería para definir las víctimas, las exigencias para reconocer a las víctimas de crímenes de Estado, las restricciones a la reparación económica que tantas víctimas necesitan para comenzar sus nuevas vidas y no fracasar en la pobreza y el abandono, el proyecto que camina hacia la aprobación fracasa en su alma, pues esas mayorías del Congreso en el proceso de mutilación que padeció durante el debate parlamentario le quitaron el propósito de ser medio para la manifestación de la solidaridad del Estado, y por supuesto de la sociedad colombiana, con aquellos conciudadanos que sufrieron una violencia que nunca debió atravesar sus vidas.

Este proyecto de ley de víctimas nació como esperanza para los colombianos excluidos totalmente del proyecto de ley de justicia y paz y para aquellos que, a pesar de haber sido vinculados a esa iniciativa, no fueron reparados porque los paramilitares han eludido hábilmente esa obligación. La pérdida de su naturaleza lo es de la potencialidad del país de abrazar a sus víctimas en un gesto que a las madres no les devolverá a los suyos pero les permitirá saber que no están tan solas como se sienten.

Un comentario sobre “Madres que son modelo de fortaleza

    Bienvenidos a este espacio « Eugenio Prieto Soto escribió:
    05/10/2009 en 4:22 pm

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