Nuestros inocentes

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La tradición convirtió el Día de Inocentes en parte de las fiestas decembrinas. Lo hizo fecha para la risa, el goce, la broma al amigo. Todos disfrutamos de las pequeñas mentirillas, de las burlas sanas, de los chistes que sirven para recordarle a nuestros próximos cuánto los queremos.

La verdad de la Palabra nos recuerda uno de los momentos más duros de la historia del Hombre, aquel en que el déspota ordena asesinar a los recién nacidos para evitar la pérdida de su trono. ¿Terminó la infamia contra los Inocentes en aquel acto despiadado? No. Los estados del mundo, y particularmente el nuestro, siguen siendo ajenos a la suerte de los niños, descuidados con su presente, indolentes con su futuro.

El más reciente informe de la FAO sobre la salud infantil reveló que nueve millones de niños latinoamericanos son víctimas de la desnutrición, paradójicamente en México y Brasil, los países más ricos del subcontinente, la población infantil desnutrida alcanza el 43%. El director regional del organismo, José Graziano da Silva, expresa: “una de las maneras de enfrentar a la desnutrición crónica infantil y al mismo tiempo apoyar a la agricultura familiar, es a través de la compra estatal de su producción para el suministro de programas gubernamentales como la alimentación escolar”. La solución está en manos de los gobiernos.

Según datos del 2000, Colombia tiene casi el veinte por ciento de sus niños en situación de desnutrición. El atraso estadístico es revelador del descuido con la población que debería ser prioridad en la política pública, sobre todo cuando el país cuenta con una institucionalidad sólida para atenderla, pues a través de las contribuciones parafiscales da firmeza al Icbf y a las cajas de compensación, y en varios departamentos y municipios se han definido programas integrales que siguen a Maná en su modelo de atención integral a la niñez y la familia.

En enero, el país asistió conmovido al estrecho abrazo que la liberada Clara Rojas dio a su pequeño Emanuel, el niño cruelmente separado de su madre por la guerrilla que la había secuestrado y a la que descuidó durante su período gestación. Como ella, muchas mujeres se hacen madres en la selva y como Emanuel, muchos niños sufren los vejámenes de militantes crueles para los que sólo vale su despropósito ideológico.

Así aparenten estar sacando a los niños de la guerra, los grupos armados ilegales colombianos siguen usando a los menores de edad para el tráfico de armas y drogas, como mensajeros o como objetos de su placer sexual, en dolorosa secuencia de infamia y atropellos de la que hemos dejado de hablar como sociedad, para no asumir su peso. Las cifras más conservadoras hablan de unos cinco mil niños enrolados en unos grupos armados que les quitan los sueños, les arrancan el futuro y les roban sus almas dulces para endurecerlos en una guerra insensata.

Particularmente me avergüenzo de saber que mi país ocupa el cuarto lugar entre las naciones del mundo que entregan a sus niños a adoptantes extranjeros. Quienes han estudiado a profundidad el tema saben que por más amor y bienestar que reciba un niño adoptado, nunca perderá la pregunta por sus padres y por la razón de su abandono, que es el peor maltrato que puede padecer un ser humano. Y este se siente aun peor cuando la propia patria no es capaz de brindar cobijo a una vida naciente.

El temor al maltrato al que son sometidos, la complacencia con la irresponsabilidad del estado, los padres y la sociedad para asumir esas vidas de compatriotas en todo su valor y nuestra pobre perspectiva de futuro nos convirtieron en fuente de sangre nueva para países que no tienen niños. Como si cada niño que se entrega en adopción para que viva fuera de su patria no fuera un alma que podría contribuir a hacer de Colombia una patria grande y fuerte, como si la vida de nuestras nuevas generaciones fuera reemplazable, como si no los necesitáramos para ser grandes como Nación.

En las calles de Colombia malviven miles de niños sometidos a la mendicidad y a todo tipo de violaciones por los adultos o volados de sus hogares por temor al maltrato que les infligen. Algunas ciudades cuentan con programas de atención que permiten tener una vigilancia especial sobre esos menores, pero esos son casos especiales que no atienden el promedio de la realidad de una sociedad que parece impotente para dar atención a los niños que más sufren. El programa de la Alcaldía, Medellín Solidario -que debemos rodear desde la ciudadanía en pleno-, fortalecido en la administración del doctor Alonso Salazar, en cabeza de su esposa, la Dra. Martha Liliana Herrera, busca dar atención a los niños abandonados o usados para la mendicidad y es ejemplarizante, pero aun precario para dar respuesta a la emergencia de los niños en nuestra sociedad.

En Colombia, lamentablemente, los inocentes no son aquellos que ingenuamente caen en las bromas de sus amigos. Son los niños que carecen de oportunidades y espacios en los cuales desarrollar una vida digna y plena de felicidad. Cobijarlos para darles el arrullo que los potencie como seres humanos felices es un deber que el país tiene que asumir a través de políticas públicas decididas y con vocación de futuro, como la que merece nuestra sociedad. Estamos en mora de entronizar a los niños en el lugar especial a que tienen derecho por su misma condición de infantes y por las esperanzas que la sociedad tiene puesta en ellos. Y ello nos obliga a cumplir con el Código de la infancia y la adolescencia, todavía no suficientemente implementado en el país.

Un comentario sobre “Nuestros inocentes

    Dana maria escribió:
    01/16/2009 en 5:21 pm

    Un excelente artículo, escrito desde el corazón y la inspiración de la realidad mondiala.Esta realidad no es sólo Colombia.No soy la mejor persona para escribir aqi.No estoy colombiana.Pero por favor créeme intención, son los afectados como usted .Cuando se habla de la gente siente la obligación.y con mucho mas de ninios,ellos son nuestro futuro.
    Antes de proteger a los niños, darles derechos, la paz y el equilibrio para desarrollar armoniosamente, debe educar a los padres.Por todos estos sufrimientos, física y mental de desequilibrio en el crecimiento de los niños, los padres son responsables.Educar a los padres o de quienes le dan vida, no debe ser el único carácter delictivo.
    Las personas necesitan estabilidad psicológica, emocional y social a continuación, a desarrollarse y crecer en armonía.En la madurez de la familia donde la violencia es promovida en todos los aspectos, verbal y física descendiente claramente el resultado será desastroso.Creo que la prioridad debe ser aplicado a las leyes por personas madura.Por protección .Por su integración en una sociedad sana.
    Lo sentimos, pero últimamente las adopciones se han convertido en una fuente de ingresos para las personas irresponsables.
    Me di cuenta de que la nueva modernización de las empresas globales, atraídos por la violencia, la pornografía, el odio y la rutina de escala internacional

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