La Palabra

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Con la expedición del Decreto 707 de 1938 se institucionalizó en Colombia la fecha del 23 de abril de cada año como el día del idioma. En este día evocaremos con gratitud el legado de tres inmensos hombres de las letras hispanas: El Manco de Lepanto, Cervantes, el de El Ingenioso Hidalgo; el de la choza de Bello, Don Marco Fidel Suárez, el de El castellano en mi tierra, ambos fallecidos un 23 de abril de 1616 y 1927 respectivamente. Ese mismo día, 23 de abril de 1923 nace en Jericó, Antioquia Don Manuel Mejía Vallejo, el de La Casa de las Dos Palmas. Todos tan nuestros, tan de acá, de allá y de acullá. Hermanados por esa forma propia del hablar, contar, decir, expresar, comunicar, por el lenguaje.

Los tres vivos por la fuerza del vocablo, por la magia de la palabra que se expresa con la amenidad y riqueza de nuestro idioma. Ellos e innumerables hombres y mujeres de todo el mundo, son estrellas que adornan los cielos de la historia de las letras haciendo que la palabra viva para la vida.

El idioma nos permite encontramos con nuestras propias cuitas. “sobrellevamos punzantes problemas de identidad colectiva como resultado insoslayable de nuestra frágil formación como nación moderna” (Marco Palacios, prólogo, De populistas, mandarines y violencias.) Con el idioma como adarga contra el dolor y la muerte, tenemos posibilidades inimaginables de resucitar esperanzas, de hermosear la vida y darle una y otra opción más a nuestro sistema. Porque “La democracia es el único régimen político en el cual puedes obtener todo, siempre que persuadas a los demás respetando las reglas del juego” (Cerroni). Mas para lograr este magno propósito es perentorio un instrumento: la palabra, o mejor, el lenguaje. El primero como el género y el segundo la especie exclusiva que tenemos para diferenciarnos de los animales y que debemos celebrar orgullosos.

Un país que adopte seriamente una política cultural habrá de mirar con atención las expresiones de su idioma, para que estas promuevan el autentico poder y vigor de la democracia, sirvan para el crecimiento espiritual, el fortalecimiento de la calidad de vida, de la paz, la convivencia, la reconciliación y la permanencia de ese ideal modelo de gobierno.

En los sistemas democráticos el papel fundamental de la palabra, en todas sus formas, es defender el sistema mismo y las libertades que proclama y garantiza. “No es a la democracia a la que pueden achacarse los fracasos: es a la falsificación de la democracia” (Jorge Eliécer Gaitán). La celebración del Día del Idioma debe permitirnos reflexionar sobre la necesidad inmediata de asumir responsable y colectivamente a partir del lenguaje, la solución de esta inocultable crisis, en la cual el tejido social, el elemento más vulnerable de todos los que conforman la complejidad humana, esta completamente resquebrajado.

El idioma que cotidianamente usamos debe ser el vehículo más expedito para llegar a los otros de modo persuasivo, nunca, nunca más para la horrible muerte, sino para que siempre la palabra viva para la palabra vida.

Urgimos del idioma para la persuasión, para exponer las ideas, los sentimientos, para generar alternativas de vida, para compartir el aliento, la emoción, la ilusión de una esperanza. Por ello debemos luchar para que en los espacios, en los diferentes escenarios donde campee la virtud de la palabra, ésta siga siendo un imperativo ético y político.

Así nos lo enseñaron maestros siempre presentes, como J. Guillermo Escobar exiliado allende las fronteras patrias por hacer de la palabra su lanza. Sancho, el enjuto de cabalgadura andante, cuyas palabras no podemos desoír: “En la lengua consisten los mayores daños de la humana vida”. O el maestro Héctor Abad Gómez, que hizo de su palabra las alas para elevar al cielo la plegaria de misericordia por los menesterosos de la tierra y decía que se es más humano mientras más se comprende y se piensa, se interpreta y se comprende con y por un idioma que se aprende desde la cuna hasta la muerte. Por ello García Márquez propone una formación desde la escuela, para que revaloremos desde el idioma lo que tenemos, lo que somos, lo que queremos ser.

El idioma debe estar encaminado a promover una racionalidad que tenga aplicación, la construcción de nación no da espera. A un uso del idioma le compete el interés de hacer válido el discurso respetuoso de la diferencia, convincente, coherente, que involucre el devenir social y deje de ser palabrería vacua. La fuerza de la palabra, su brillo y elocuencia le dan forma y valor a las ideas expuestas, al ánimo de persuadir en una dialéctica civilizada y pacífica. La palabra siempre cobrará vida para ser a la vez el camino e instrumento democrático más idóneo en la formación de una sociedad civil que se apersone de su propio destino, exponiendo razones, convenciendo con argumentos y promoviendo estrategias de desarrollo y progreso colectivos.

Idioma y democracia van de la mano como compañeros inseparables. Esta magna unión de libertades y expresión nos permite a los seres humanos conocer, interiorizar, comunicar de manera particular nuestra propia realidad. Es que, definitivamente, el lenguaje, el idioma, ese mágico poder de la palabra es el único pertrecho viable para convencer, comprender, relacionarnos adecuadamente con nuestros congéneres.

Por medios de estos garabatos que hoy escribo puedo expresar mis dudas, inquietudes, emociones, sensaciones, sentimientos. Alegrías, tristezas, soledades, angustias, dolor, amor, los puedo transmitir a través de la palabra, dejándola fluir libremente de mi interior, como lo hago en estos momentos. Te quiero, hola, que hermoso día, buenas noches, aquí estoy, te necesito, gracias, son vocablos que nunca perderán valor, siempre tendrán vigencia. Se puede querer en cualquier idioma, pero amarte en mi español me sabe a Caribe, tiene el calor de nuestro trópico y el sabor de chontaduros, mameyes y borojós, únicos por estas prodigiosas tierras donde Dios nos dejó el nacer.

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